22 mar 2016

Justine, una forma diferente de amar

Por Ángel E. Lejarriaga 


El título no hace referencia a la Justine que aparece en la novela de Donatien Alphonse François de Sade, conocido universalmente como «marqués de Sade» (Justine o los infortunios de la virtud, 1787) sino a la primera novela de El Cuarteto de Alejandría: Justine (1957), escrita por Lawrence Durrell (1912-1990), a la que seguirían Balthazar (1958), Mountolive (1958) y Clea (1960).

En el caso de la Justine de Sade nos encontramos con una adolescente que intenta por todos los medios «preservar su virtud» y le sucede todo lo contrario, es inducida al «vicio» y a padecer todo tipo de agresiones. En esta Justine el placer derivado de la sexualidad no posee atractivos salvo para los «libertinos», son estos los que reciben la recompensa por transgredir los límites de la moral de su tiempo. Sade no hace más que reflejar la corrupción que ve en su entorno, en el cual la virtud no tiene cabida. En las páginas de su obra no existe ningún atisbo de amor. Por un lado, Sade presenta escenas de violencia sexual, y por otro, esta violencia es justificada por los personajes que la ejercen. Su conclusión es que es mejor practicar el vicio que la virtud. En ese contexto podríamos preguntarnos qué es eso que el marqués llama «virtud», eso tan importante que hay que preservar. También podríamos interrogarnos de dónde viene ese mandato moral y cuál es su objetivo. La obra de Lawrence Durrell tiene algunas similitudes pero por oposición; en este caso el amor y la libertad, tanto sexual como intelectual, son el eje central de una Justine que vive cada día para crecer como persona.

El Cuarteto de Alejandría es un juego de espejos que refleja distintos puntos de vista de la misma realidad, es decir, cuatro perspectivas diferentes de los mismos personajes, en un decorado geográfico e histórico excepcional: Alejandría y la Segunda Guerra Mundial. Algo parecido hace Sándor Márai en La mujer justa: contar la misma historia desde la construcción psicológica de los tres protagonistas, generando tres versiones del mismo evento vital. La novela Justine presenta a la sociedad de Alejandría envuelta en un contexto bélico que altera su vida, sus expectativas; pero eso no es óbice para que vivan el amor, en todas sus posibilidades, como un elixir con el que pretenden salvarse de un malestar que les empuja a la depresión. Luego, está ella, Justine, una mujer inteligente y hermosa, liberada del dominio patriarcal, que goza sin límites de los placeres que le proporciona su capacidad intelectual y su cuerpo; su acontecer diario no se limita a la exaltación de su belleza, sino que trasciende y crece con su ambición insaciable de conocimiento, siempre pendiente de lo que sucede a su alrededor. Nessim, su marido, es un buen representante de lo que podría ser el enamorado incondicional, que conoce las infidelidades de ella y las tolera porque desea por encima de todo su felicidad y que permanezca a su lado.
«En ella, como alejandrina que era, la licencia constituía una curiosa forma de abnegación consigo misma, una máscara de la libertad, y si yo veía en Justine un ejemplar típico de la ciudad, no pensaba necesariamente en Alejandría o en Plotino sino en el triste hijo de Valentino, el trigésimo, que cayó, no como lucifer, por haberse rebelado contra Dios, sino por su deseo demasiado ardiente de unirse a Él.»
La forma en que está escrita la novela no es lineal sino que hay constantes cambios de tiempo (pasado y presente), con pocas referencias al futuro, quizá porque los personajes no acaban de proyectarse hacia él. Si hubiera que describir su estilo en pocas palabras, me atrevo a decir que es prosa poética; la belleza de las descripciones, incluso las más desagradables, te subyugan y hacen, en muchos momentos, que vuelva atrás y leas en voz alta algún párrafo para percibir de un modo musical la magia de sus frases.

«[…] Como pesa demasiado para transportarlo hasta el matadero, dos hombres armados de hachas lo despedazan vivo allí mismo. Los filos se hunden en la carne blanca, y la pobre bestia parece cada vez más triste, más aristocrática, más perpleja a medida que le cortan las patas. Por último solo queda viva la cabeza, los ojos abiertos que miran en torno. Ni un grito de protesta, ni una convulsión. El animal se somete como una palmera. Pero durante muchos días el barro de la calle queda empapado en su sangre, y nuestros pies descalzaos dejan sus huellas en esa humedad […]»
Durrell pretende redefinir el amor. Su concepción es muy avanzada, incluso más que la de hoy en día en muchos aspectos. Explora la verdadera naturaleza del amor, de un amor que se expresa a través del deseo sexual, de la experimentación, del conocimiento, individual y compartido, un amor en el que hay mucho de narcisismo.
«Es inútil —escribe Justine en su diario— imaginar que uno se enamore por una correspondencia espiritual o intelectual; el amor es el incendio de dos almas empeñadas en crecer y manifestarse independientemente. Es como si algo explotara sin ruido en cada uno de ellos. Deslumbrado e inquieto, el amante examina su experiencia o la de su amada; la gratitud de esta, proyectándose erróneamente hacia un donante, crea la ilusión de que está en comunión con el amante, pero es falso.»
Los personajes sufren, les duele la vida, pero se gustan y no desprecian ninguna oportunidad para gozar del placer de una manera intensa, como si fueran condenados a muerte y esa fuera su última oportunidad de vivir la pasión. No hay virtud en la contención. El sexo que describe Durrell es liberación y autoconocimiento, es introspección, es un compartir sin posesión, sin que nadie pertenezca a nadie, un lenguaje; el placer es el nexo entre dos personalidades, que permite crecer a ambas sin quemarse en el encuentro; no hay «trampas románticas», no hay idealización, solo hay éxtasis. ¿Se pueden construir con estos elementos una relación duradera? Buena pregunta. Durrell no la responde del todo aunque llega a aventurar la posibilidad de que el amor alcance la madurez cuando ya no hay sexo.
«El amor es tanto más auténtico cuando nace de la simpatía y no del deseo, porque solo así no deja heridas.»
«No quiero hablar más de amor: la palabra y sus convenciones se me han vuelto odiosas. Pero ¿sería posible llegar a una amistad todavía más profunda, infinitamente profunda y, sin embargo, sin palabras y sin ideales?»
Aunque los personajes son trascendentes en la obra, es indudable, que el elemento que por momentos acapara de manera exclusiva la atención del lector es la ciudad de Alejandría. Justine es Alejandría y Alejandría es Justine. Ambas forman un mosaico polícromo, psicológico y casi místico, que influye poderosamente sobre aquellas personas que viven bajo su influencia. Alejandría cautiva y Justine también, no hay forma de escaparse de ambos magnetismos. Justine está en el sitio adecuado para explorar la existencia. Alejandría es libertad, es cultura, es podredumbre, es creación, todo ello conformando una mescolanza cautivadora.

«[…] durante un tiempo todavía, la vida seguirá corriendo hacia adelante a lo largo de las horas y los días. Las mismas calles, las mismas plazas arderán en mi imaginación como el Faro arde en la historia. Ciertas habitaciones donde hice el amor, ciertas mesas de café donde la presión de unos dedos en mi muñeca me dejaban hechizado, sintiendo a través de las calles recalentadas los ritmos de Alejandría que penetraban en los cuerpos, como besos hambrientos, como palabras tiernas murmuradas por voces que el deslumbramiento enronquecía. Para aquel que estudia el amor, esas separaciones son una escuela, amarga pero necesaria para la propia madurez. Ayudan a despojarse mentalmente de todo, salvo del ávido deseo de vivir más.»
La novela da saltos en el tiempo, como ya he dicho, funciona como la memoria humana, galopando a toda velocidad entre los recuerdos, veraces o fabulados, entre la información que fluye en el presente y los deseos que impulsan la acción. El narrador es Darley, un escritor sin éxito, algo amargado y enamorado de Justine, que trabaja como profesor en Alejandría. La narración la hace un tiempo después de acontecer los hechos, cuando vive en una pequeña isla del Mediterráneo. Trata de reflejar sus recuerdos sobre el papel pero sin poseer la certeza de que lo que rememora es lo que verdaderamente sucedió. Tiene emociones que fluyen vivas de su pasado, que no logra explicar y que a toda costa elabora con su interpretación personal. Durrell, a través de Darley, nos explica que existen tantos puntos de vista como personas.

Los críticos literarios han dicho que Laurence Durrell alcanzó la cima del éxito con El Cuarteto de Alejandría, pero lo cierto es que en 1931, antes de cumplir los veinte años, ya había dado a conocer un libro de poesía, Quaint Fragmente. En 1935 publicó su primera novela, cuando vivía en Corfú con su familia, Pied Piper of Lovers. En esa época se carteaba con Henry Miller, al que admiraba. Dos años después viajó a París para verle personalmente; Trópico de Cáncer le había impresionado. Allí conoció también a Anaïs Nin. En esos contactos se estaba fraguando una forma de interpretar las relaciones humanas, el sexo y el amor. De su estancia en París nació El libro negro (1938). Esta obra no se publicó en Inglaterra hasta treinta años más tarde; resultaba demasiado obscena y provocadora.

Durante la Segunda Guerra Mundial trabajó en las embajadas británicas de El Cairo y Alejandría como agregado de prensa. En esta última ciudad conoció a la que iba a inspirarle la figura de Justine: Yvette. Contrajo matrimonio con ella, Eve Cohen (Yvette), en 1947, ya finalizada la guerra. A partir de ese momento viajó, por motivos de trabajo, por Argentina, Belgrado, Londres y Chipre. Con El Cuarteto de Alejandría ya publicado, y gozando de un merecido reconocimiento, tras divorciarse de Eve, en 1961 se casó con Claude-Marie Vincendon, que murió de cáncer unos años después, tras lo cual se instaló en un pequeño pueblo de la Provenza francesa. Por supuesto, siguió escribiendo aunque sus últimas obras no tuvieron la acogida que El Cuarteto de Alejandría (Tunc, 1968; Numquam, 1970 y Una sonrisa en el ojo de la mente, 1982). Durrell intentó repetir el éxito de El Cuarteto de Alejandría con El Quinteto de Avignon (1974-1985), reproduciendo el esquema narrativo de la anterior, sin conseguirlo. No hay que olvidar su obra poética, de una gran relevancia en el mundo anglosajón.

En síntesis, estamos ante literatura universal, que va más allá del oficio de escribir, que no es el resultado de un acto casual, sino de la voluntad de una persona que quiso profundizar en los misterios de la mente humana, de sus interacciones con los otros, del dolor por las pérdidas y, sobre todo, sobre esa gran aventura incierta, frustrante y adictiva que llamamos amor.
«El amor es terriblemente estable, y a cada uno nos toca una sola porción, digamos una ración. Puede presentarse en infinidad de formas, y volcarse en una infinidad de personas. Pero es limitado en su cantidad, se gasta, se aja y estropea antes de haber alcanzado su verdadero objeto.»
«¿Acaso no depende todo de nuestra manera de interpretar el silencio que nos rodea?»

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